lunes, 19 de marzo de 2012

Cambio de idea

Hace pocos días tuve una conversación que me hizo recordar que, una vez cada tanto, pensar tampoco nos va mal. Debatíamos precisamente sobre la necesidad de trabajar sobre nuestros propios pensamientos, para superar nuestras limitaciones y hacer más armoniosa nuestra existencia con el entorno. Casi por instinto me encontré revisando webs donde hacía tiempo que no visitaba, y me topé con un viejo comentario mío a favor del blindaje de la lengua escrita frente la mutación de la oral. Un bonito residuo fósil de lo que yo mismo había pensado y ya no defiendo. Lo fecho aproximadamente de mi última etapa de estudiante, cuando aún no había empezado a sumergirme en distintas lenguas y, sobretodo, distintos dialectos.

En resumidas cuentas: hace un tiempo yo mismo defendía que la lengua escrita tiene que ser una, grande y libre. Libre de cambios, se entiende. Según esta visión linguofascista todos los hablantes de una lengua tienen que escribir con las mismas convenciones, utilizando un dialecto estándar que en la mayoría de casos es artificial, y las posibilidades del cual solo se pueden aumentar con lo que un organismo centralista haya considerado legítimo incluir en su gramática y diccionario. En este caso las faltas de ortografía (además de las de gramática) se convierten también en un estigma que pesa sobre aquellos que no han podido (o no han querido) invertir su tiempo en aprender la norma.

Esta visión lleva a casos extremos, como el del inglés, en el cual la lengua escrita ya no tiene casi correspondencia fonética con el estándar oral. O el del italiano, en el cual la imposición de un estándar está exterminando una riqueza lingüística que supera la decena de lenguas (con sus respectivos dialectos, con diferencias mucho más fuertes entre ellos que los que tienen todos los del castellano entre sí). Y pongo ya dos contraejemplos igualmente opresivos para cubrirme las espaldas: el catalán, que con la ingeniería lingüística de Fabra consigue ser leído casi sin dificultad en cualquier dialecto, y el Euskera Batua, que aunque esté basado en el dialecto guipuzcoano surgió como necesidad supradialectal para que los euskaldunes no se extinguieran por mutua incomprensibilidad.

La cuestión principal se resume en una disyuntiva: la variabilidad oral, alta y dinámica, en frente de la intercomprensibilidad dentro de los territorios político-lingüísticos. Estoy de acuerdo en que, dada la complejidad social en la que vivimos, la lengua criogenizada tiene que existir para que documentos oficiales, hablantes extranjeros y usuarios de Google se puedan comunicar sin demasiados problemas, utilizando una herramienta idiomática simplificada. Pero, para todo lo demás, actualmente estoy completamente a favor de que, en cualquier contexto informal, se utilice la escritura dialectal en su estado más puro, es decir, utilizando la ortografía estrictamente fonética y la gramática estrictamente genuina.

Por otra parte, los esfuerzos para mantener y enseñar la lengua unificada creo que serían más útiles si se enfocaran a una lengua artificial internacional, tipo esperanto. Las academias de la lengua solo me parecen útiles en casos de conjuntos de dialectos condenados a la desventaja del bilingüismo.


Bueno, demasiadas ideas para desarrollarlas en una sola tarde. Se agradecen comentarios.



P.D: El diálogo que dio pie a esta entrada también se merecería su propio espacio en otro momento. Todo a su tiempo.

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