Faltaban cinco minutos para acabar el turno, por eso en un primer momento pensé en tirarla sin más.
La caligrafía era la de un niño o niña, de como mucho cinco años. Parecía que había escrito la dirección solo: "Ernan Peres, caie maior 37. Cartajena". Por sello llevava un dibujito que ni de lejos daría el pego. Pero mirando el dibujo lo pensé medio segundo de más. ¿Quién me vendría a pedir explicaciones? Venga, si fuera de mi nieto a mí me haría una ilusión bárbara.
La timbré manualmente y la devolví a la saca, ahora legitimada para seguir su viaje. Siempre me preguntaré qué palabras había dentro.
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