viernes, 24 de febrero de 2012

Atardecer

Yo sólo flotaba en los mundos fantásticos que su voz me recreaba. Cuando acabó otro relato le expuse mi fascinación:

- ¡Caramba! ¡Ya me gustaría a mí visitar todos los sitios donde usted ha estado!

El viejo duende sonrió. Aún sin bajar de allí se incorporó por un momento para acercar su cara a la mía, de forma que la suave luz de las luciérnagas me permitió ver el destello de sus ojos por primera vez. Confidente, me contestó susurrando pero seguro.

- ¿Me seguirás creyendo si te digo que nunca he bajado de esta seta? Pues ya lo creo, en mis setecientos años de vida no me he movido de aquí. Los incontables viajantes que, como tú, me habéis hecho compañía, me contáis lo justo y imprescindible para que mi imaginación pinte el resto.

Lo creía, no podía sino decir la verdad. Nadie miente en nuestro mundo.

- ¿Pero por qué nunca se ha ido? ¡Usted sabe donde se encuentran todas las maravillas del mundo!

- Estoy seguro de que mi seta es la más cómoda del mundo, ¡no quiero que un gólem despistado me la pise! - me decía riendo mientras se volvía a tumbar - y de todas formas tú mismo me has dicho que los colores de tu tierra te parecían aún más vivos cuando yo te los recordaba.

Miró de nuevo hacia las estrellas. Ahora que empezaba la noche bailaban un chotis al son del violín lunar, que tocaba a la perfección con un cometa de dos colas.

- Los gnomos aventureros sois unos afortunados porque exploráis más lejos de lo que cualquier otra criatura se atreve. Yo soy un afortunado porque, gracias a vosotros, disfrutaré más que nadie mis cortos milenios de existencia.


(imagen: El món d'en Minus de Joan Gómez)

No hay comentarios:

Publicar un comentario