sábado, 14 de enero de 2012

Mario tenía seis años desde hacía ciento diez años. Era algo extraordinario, claro está, pero por suerte la ciencia de este mundo nuestro no dio importancia al fenómeno, pues en este caso el pobre se habría pasado la vida amargado entre estudios y experimentos.

De sus primeros años de vida poco hay que decir. Fue el tercer hijo de una pareja de campesinos, el primero de ellos nacido en el recién estrenado siglo XX. Por un tiempo aún pudo disfrutar del placer de hacer sufrir a sus cinco hermanos pequeños las mismas travesuras que los mayores le habían impuesto por su menor tamaño. El problema le vino cuando cumplió por tercera vez los seis años, y el primero de los que le seguía le empezó a vencer en las riñas. Fueron los cinco únicos chavales que pudieron hacer realidad la revancha que tantos otros han anhelado al gritar "¡espera a que crezca y verás!". Suerte que a esta edad aún no se guardan rencores, y cuando ellos pasaron a la adolescencia pasó también el suplicio de ser el perpetuo cabeza de turco por un tiempo.

Sus padres empezaron a hacerle más caso con el paso del tiempo. No es que no le quisieran antes, claro está, pero cuando las arrugas de sus caras les convencieron de que ya era hora de considerarlo uno de sus nietos su afecto hacia él se incrementó. Por aquellos entonces su hermano mayor, que por tradición se había hecho cargo de la casa, fue el que se encargó también de tomar el rol de padre. Hasta cuando este empezó a envejecer le habría pasado lo mismo, aunque esta vez lo mandó con otra hermana menor que se había instalado en el pueblo, y que por más que lo intentaba no conseguía concebir con su útero el hijo que tanto deseaba. Así pues, Mario nunca sufrió de verdad la pérdida de sus padres, porque su familia se iba turnando en su tutela con mucha naturalidad.

En el pueblo tuvo su primer contacto con la escuela, ya que hasta el momento siempre había participado en el aislado trabajo de campo. Como tantos otros chavales rurales no tuvo demasiados problemas en clase, donde el maestro sabía tener a su cargo la docena de críos de edades y experiencias diversas. Mario, con la plasticidad que caracteriza esta edad, no tuvo problemas en adaptarse al nuevo entorno. Aprendió a leer y escribir, pero por muy buenos que fueran los métodos de la Escuela Moderna que utilizaba el maestro no fue nunca capaz de entender los problemas más abstractos destinados a los de más edad. Su cerebro tenía los recuerdos de un adulto, pero nunca alcanzaría la madurez cognitiva. Su maestro, persona muy instruida y curiosa, había desarrollado una especial habilidad para que no se aburriera, explicándoles siempre historias de nuevos y viejos países, los últimos descubrimientos en ciencia o las especies animales y vegetales más exóticas. Se cuenta que este feliz pedagogo estaba a punto de publicar su gran teoría sobre el aprendizaje que hubiera hecho de Piaget un aficionado, pero como tantos otros maestros fue ejecutado a cañonazo limpio con la llegada de las tropas nacionales.

Después de la posguerra, que por suerte nunca más le pesó en su memoria, su núcleo familiar se trasladó a la ciudad. Para Mario la ciudad fue una experiencia enriquecedora, como todos los cambios de su vida. Pero esta vez no fue tan positiva la experiencia escolar, dado que la rigidez de los cursos separados por edad le obligaban a repetir curso año tras año, condenándolo a cambiar de compañeros cada año sin la flexibilidad natural que la escuela rural le daba. Aunque a veces se comentó que no se sabía adaptar a la vida de ciudad, yo estoy convencido de que el verdadero motivo de que siempre quisiera volver al campo era este y no otro. ¡Faltaría más! ¿Cómo pueden echar la culpa al crío de inadaptado cuando en realidad él tenía clarísimo lo que le prefería? Me parece increíble que a veces no se den cuenta de que los chavales no tienen un pelo de tontos.

En general había aprendido a aparentar ser un niño cualquiera y disfrutaba de lo más de su eterna infancia sin exhibir sus enormes conocimientos. Aún así, unos días antes de que aquél coche le hiciera pedazos me contó por horas sus batallitas, supongo que me tenía confianza. Era un observador de la historia único, se había adaptado a todos los cambios tecnológicos sin problemas pero le encantaba jugar con los desfases entre campo y ciudad. Me contaba por ejemplo que la aparición de los primeros walkmans le pilló en la urbe, y en la siguiente visita al pueblo se presentó con los auriculares puestos, diciendo que se había quedado sordo y le habían puesto unas orejeras especiales conectadas a un micrófono para que pudiera oír. De echo creo que un día de estos me pondré a recopilar sus historias, ya que no puedo oírlas por su boca buscaré allí donde las escampó.

Estoy de luto por su pérdida, está claro, pero sé que nos dejó sin sufrir nunca. La verdad, ya me gustaría a mí pegarme la vidorra que se ha pegado él. Un familiar mío también llegó a los ciento y pico, pero ya cuando yo era pequeño le veía lamentarse de los problemas de la edad. Creo que a partir de la adolescencia nos duele que todos los placeres sean efímeros, de ellos he aprendido a no esperar que nada sea eterno. Así que, ahora que cumpliré los cuarenta tacos he decidido buscar consuelo sólo en los polvos mágicos, sean genitales o intravenosos cuando los primeros falten. Qué suerte que no viviste nunca este proceso de adulteración, Mario...

No hay comentarios:

Publicar un comentario