jueves, 15 de noviembre de 2012
Por teléfono
Te lo juro, han sido unos minutos de pánico. O sea... llevo más de seis meses preparando ese jodido examen, ¿sabes?, y no solo he tenido que esperar mucho, sino que encima va y me tengo que ir a Roma Que, total, ya he aprovechado para hacer una semana aquí i tal, pero me da fastidio esto de hacer tantos kilómetros. Además, tía, ¡ya te he contado que he estudiado cantidad! Pues bien, que iba yo preparando el boli y tal para hacer el examen el día después, y con esas que abro la cartera y... ¡joder! ¡Que el DNI no estaba tía! O sea, el día antes del puto examen, en otro puto país, con el puto esfuerzo que he hecho la pasta que me he dejado y tal... ¡y yo, por notas, pierdo el DNI! Te lo puedes imaginar.. he empezao a pensar no puede ser, no puede ser, tiene que ser una broma de mal gusto, aparecerá, aparecerá... y con estas que no aparecía: no estaba sobre la mesa, y no estaba en el suelo, y no estaba en los pantalones, ni en la chaqueta y tal y tal. Te lo juro, me he pasado más de media hora en pánico. Y voy y, de golpe, pienso... a ver, ¿cuando es la ultima vez que lo has visto? Y nada, que no me acordaba. Y que no, y que no, y yo me iba preocupando más y más... y bueno, ya te lo puedes imaginar, al final... ¡en el sitio más inesperado, claro! Y es que se tiene que ser gilipollas... ¿Te crees que lo había perdido? Pues no, no... Si es que desde que pasé el control del aeropuerto no había pensado más en él... Pues eso, ¡que me he pasao una semana dando vueltas por otro puto país sin llevar el DNI encima! ¡Me lo dejé en el bolsillo de los pantalones del primer día! Si es que lo que no me pase a mí...
viernes, 3 de agosto de 2012
Nostalgia
- El verano me sienta bien. Es que me siento más joven, ¿sabes?, esto de sudar tanto, y que me salgan granos en la cara... me recuerda cuando era adolesente, ¿sabes? Yo en la pubertad tenía siempre la cara lleeeena de granos, asqueroso, y claro, soñaba con el día que desaparecieran. Pero los hijoputas reaparecen con el sudor y tal, aunque no son tan asqueroso como aquellos, claro. Estos son más de pim pam, los rebientas y desaparecen, los que tenía de chavalín daban más asco. Pero bueno, es lo que piensas cuando eres un crío, ¿sabes?, que quieres crecer y tal,... y yo sobretodo quería quitarme de la cara el puto ferrero roché, ¿sabes? Y claro, con el tiempo el acné desaparece pero también te vas haciendo mayor y tal y tal, y empiezas a tener mazo de responsabilidades y tal, y te olvidas de los putos granos hasta que empiezas a tener problemas de hígado, próstata y movidas chungas de estas, ¿no?. Y bueno, es lo que te decía, ¿sabes?, que en el verano me salen los granos y me siento más joven otra vez y tal...
lunes, 21 de mayo de 2012
Caminos
Y cerré los ojos. Y seguí andando.
No quería entender qué había pasado, sólo alejarme de su lado. Así que cerré los ojos. Y seguí andando.
A paso veloz, repitiendo por mis adentros que la vida continúa. Cantando bien fuerte para que mis orejas me oyeran sólo a mí, saturando mis sentidos de egoísmo para que ni siquiera el tacto sintiera la pérdida. Anestesiado contra el mundo, y seguí andando.
Y, alejándome, volví a sentir hambre, como todo ser que aún fuera viviente. Y primero, con los ojos cerrados, seguí andando bien convencido a no detenerme, para no recordar.
Pero tarde o temprano tuve que entreabrir los ojos, para seguirme alimentando. ¿O era para seguir alimentándome? Creo que fue más bien para encontrarme la pista, porque el nuevo apetito me abrió finalmente los ojos.
Ya no cerré los ojos. Y no, no andaba.
En la nada, nadaba.
Y sí, la corriente del río me había alejado más de la cuenta de su lado. Así que seguí nadando.
Pero esta vez, a contracorriente. El cabal de mis cábalas me seguía empujando lejos de su vera, pero yo convencido dedicaría mis esfuerzos a nadar en su dirección, en lo que parecía una carrera fútil que me alejaba de mi meta.
Pero sí, era de mi meta que me alejaba. De la meta del mar, que con sus aguas saladas me habría matado de sed.
¿No lo entiendes? Tenía que seguir intentando volver a tu lado, porque de lo contrario cometía un salado suicidio contra mí mismo.
Así que abrí los ojos. Y andé río arriba. El resto de mi vida.
No quería entender qué había pasado, sólo alejarme de su lado. Así que cerré los ojos. Y seguí andando.
A paso veloz, repitiendo por mis adentros que la vida continúa. Cantando bien fuerte para que mis orejas me oyeran sólo a mí, saturando mis sentidos de egoísmo para que ni siquiera el tacto sintiera la pérdida. Anestesiado contra el mundo, y seguí andando.
Y, alejándome, volví a sentir hambre, como todo ser que aún fuera viviente. Y primero, con los ojos cerrados, seguí andando bien convencido a no detenerme, para no recordar.
Pero tarde o temprano tuve que entreabrir los ojos, para seguirme alimentando. ¿O era para seguir alimentándome? Creo que fue más bien para encontrarme la pista, porque el nuevo apetito me abrió finalmente los ojos.
Ya no cerré los ojos. Y no, no andaba.
En la nada, nadaba.
Y sí, la corriente del río me había alejado más de la cuenta de su lado. Así que seguí nadando.
Pero esta vez, a contracorriente. El cabal de mis cábalas me seguía empujando lejos de su vera, pero yo convencido dedicaría mis esfuerzos a nadar en su dirección, en lo que parecía una carrera fútil que me alejaba de mi meta.
Pero sí, era de mi meta que me alejaba. De la meta del mar, que con sus aguas saladas me habría matado de sed.
¿No lo entiendes? Tenía que seguir intentando volver a tu lado, porque de lo contrario cometía un salado suicidio contra mí mismo.
Así que abrí los ojos. Y andé río arriba. El resto de mi vida.
martes, 24 de abril de 2012
XX - XX / XY - XY / XX - XY
Ya desde que nos vimos por primera vez se notó esa conexión que te dice: dentro de poco acabarás en la cama con esa persona. La situación no era la más adecuada: corta un poco el rollo que el propietario de la casa le enseñe tu habitación, ordenada forzosamente por la ocasión, diciendo "decorada así no se ve lo grande e iluminada que es, pero con un poco de imaginación...". De todas formas sabía donde nos podíamos encontrar otra vez, ya que como decidió alquilarla yo solo tenía que esperar a que viniera a mi casa.
El último día de mi alquiler me pilló medio en bolas. Medio, solo. Tampoco lo sentía tanto como le hice ver, eso de que aún quedaran algunas cajas para llevarme cuando llegó. Tampoco parece que le importara mucho, más bien aceptó mi café en vez de empezar a subir sus trastos con prisa. De echo no tuvo ningún reparo en proponerme de ir a dar un paseo, para aprovechar la tarde de sol radiante.
Después del paseo vino una cena rápida, después cuatro copas y ya no me dejó llevarme las últimas cajas con mi coche hasta que me bajara el alcohol. Hacia medianoche ya estábamos teniendo sexo en mi casa. ¿O tal vez era ya la suya?
El último día de mi alquiler me pilló medio en bolas. Medio, solo. Tampoco lo sentía tanto como le hice ver, eso de que aún quedaran algunas cajas para llevarme cuando llegó. Tampoco parece que le importara mucho, más bien aceptó mi café en vez de empezar a subir sus trastos con prisa. De echo no tuvo ningún reparo en proponerme de ir a dar un paseo, para aprovechar la tarde de sol radiante.
Después del paseo vino una cena rápida, después cuatro copas y ya no me dejó llevarme las últimas cajas con mi coche hasta que me bajara el alcohol. Hacia medianoche ya estábamos teniendo sexo en mi casa. ¿O tal vez era ya la suya?
domingo, 1 de abril de 2012
Ideas herméticas
Гт игут вэшф уьзшуяфы ф ьусфтщпкфашфк гтф ршыещкшф сщощтгвфб йгу ыу еу рф щсгккшвщ ьшутекфы мщдмэшфы ф сфыф ут фгещиэгыю Уьщсшщтфвщб уьзшуяфы ф еусдуфк ф ещвф рщыешф hasta que ¡joder! te das cuenta de que te habías dejado el teclado en cirílico.
Ilegible. Y la musa ya se ha ido. ¡Mierda!
Ilegible. Y la musa ya se ha ido. ¡Mierda!
lunes, 19 de marzo de 2012
Cambio de idea
Hace pocos días tuve una conversación que me hizo recordar que, una vez cada tanto, pensar tampoco nos va mal. Debatíamos precisamente sobre la necesidad de trabajar sobre nuestros propios pensamientos, para superar nuestras limitaciones y hacer más armoniosa nuestra existencia con el entorno. Casi por instinto me encontré revisando webs donde hacía tiempo que no visitaba, y me topé con un viejo comentario mío a favor del blindaje de la lengua escrita frente la mutación de la oral. Un bonito residuo fósil de lo que yo mismo había pensado y ya no defiendo. Lo fecho aproximadamente de mi última etapa de estudiante, cuando aún no había empezado a sumergirme en distintas lenguas y, sobretodo, distintos dialectos.
En resumidas cuentas: hace un tiempo yo mismo defendía que la lengua escrita tiene que ser una, grande y libre. Libre de cambios, se entiende. Según esta visión linguofascista todos los hablantes de una lengua tienen que escribir con las mismas convenciones, utilizando un dialecto estándar que en la mayoría de casos es artificial, y las posibilidades del cual solo se pueden aumentar con lo que un organismo centralista haya considerado legítimo incluir en su gramática y diccionario. En este caso las faltas de ortografía (además de las de gramática) se convierten también en un estigma que pesa sobre aquellos que no han podido (o no han querido) invertir su tiempo en aprender la norma.
Esta visión lleva a casos extremos, como el del inglés, en el cual la lengua escrita ya no tiene casi correspondencia fonética con el estándar oral. O el del italiano, en el cual la imposición de un estándar está exterminando una riqueza lingüística que supera la decena de lenguas (con sus respectivos dialectos, con diferencias mucho más fuertes entre ellos que los que tienen todos los del castellano entre sí). Y pongo ya dos contraejemplos igualmente opresivos para cubrirme las espaldas: el catalán, que con la ingeniería lingüística de Fabra consigue ser leído casi sin dificultad en cualquier dialecto, y el Euskera Batua, que aunque esté basado en el dialecto guipuzcoano surgió como necesidad supradialectal para que los euskaldunes no se extinguieran por mutua incomprensibilidad.
La cuestión principal se resume en una disyuntiva: la variabilidad oral, alta y dinámica, en frente de la intercomprensibilidad dentro de los territorios político-lingüísticos. Estoy de acuerdo en que, dada la complejidad social en la que vivimos, la lengua criogenizada tiene que existir para que documentos oficiales, hablantes extranjeros y usuarios de Google se puedan comunicar sin demasiados problemas, utilizando una herramienta idiomática simplificada. Pero, para todo lo demás, actualmente estoy completamente a favor de que, en cualquier contexto informal, se utilice la escritura dialectal en su estado más puro, es decir, utilizando la ortografía estrictamente fonética y la gramática estrictamente genuina.
Por otra parte, los esfuerzos para mantener y enseñar la lengua unificada creo que serían más útiles si se enfocaran a una lengua artificial internacional, tipo esperanto. Las academias de la lengua solo me parecen útiles en casos de conjuntos de dialectos condenados a la desventaja del bilingüismo.
Bueno, demasiadas ideas para desarrollarlas en una sola tarde. Se agradecen comentarios.
P.D: El diálogo que dio pie a esta entrada también se merecería su propio espacio en otro momento. Todo a su tiempo.
En resumidas cuentas: hace un tiempo yo mismo defendía que la lengua escrita tiene que ser una, grande y libre. Libre de cambios, se entiende. Según esta visión linguofascista todos los hablantes de una lengua tienen que escribir con las mismas convenciones, utilizando un dialecto estándar que en la mayoría de casos es artificial, y las posibilidades del cual solo se pueden aumentar con lo que un organismo centralista haya considerado legítimo incluir en su gramática y diccionario. En este caso las faltas de ortografía (además de las de gramática) se convierten también en un estigma que pesa sobre aquellos que no han podido (o no han querido) invertir su tiempo en aprender la norma.
Esta visión lleva a casos extremos, como el del inglés, en el cual la lengua escrita ya no tiene casi correspondencia fonética con el estándar oral. O el del italiano, en el cual la imposición de un estándar está exterminando una riqueza lingüística que supera la decena de lenguas (con sus respectivos dialectos, con diferencias mucho más fuertes entre ellos que los que tienen todos los del castellano entre sí). Y pongo ya dos contraejemplos igualmente opresivos para cubrirme las espaldas: el catalán, que con la ingeniería lingüística de Fabra consigue ser leído casi sin dificultad en cualquier dialecto, y el Euskera Batua, que aunque esté basado en el dialecto guipuzcoano surgió como necesidad supradialectal para que los euskaldunes no se extinguieran por mutua incomprensibilidad.
La cuestión principal se resume en una disyuntiva: la variabilidad oral, alta y dinámica, en frente de la intercomprensibilidad dentro de los territorios político-lingüísticos. Estoy de acuerdo en que, dada la complejidad social en la que vivimos, la lengua criogenizada tiene que existir para que documentos oficiales, hablantes extranjeros y usuarios de Google se puedan comunicar sin demasiados problemas, utilizando una herramienta idiomática simplificada. Pero, para todo lo demás, actualmente estoy completamente a favor de que, en cualquier contexto informal, se utilice la escritura dialectal en su estado más puro, es decir, utilizando la ortografía estrictamente fonética y la gramática estrictamente genuina.
Por otra parte, los esfuerzos para mantener y enseñar la lengua unificada creo que serían más útiles si se enfocaran a una lengua artificial internacional, tipo esperanto. Las academias de la lengua solo me parecen útiles en casos de conjuntos de dialectos condenados a la desventaja del bilingüismo.
Bueno, demasiadas ideas para desarrollarlas en una sola tarde. Se agradecen comentarios.
P.D: El diálogo que dio pie a esta entrada también se merecería su propio espacio en otro momento. Todo a su tiempo.
sábado, 17 de marzo de 2012
Motivo floral
Cuando entraste a cumplir los cincuenta años de condena hice realidad nuestra metáfora, y empecé a plantar las rosas de las que hablábamos. Todos piensan que he conseguido ser el mayor artista floral del mundo por los mimos que doy a mis plantas. Solo tú y yo sabemos que cada capullo que abro es por sublimación de tu clítoris en orgasmo.
domingo, 11 de marzo de 2012
Ensayo de evolución del tiempo verbal
Otra vez. La había perdido otra vez.
Bueno, paciencia, ya volverás a encontrar a alguien, me decía. Su silueta ya se había perdido, abducida entre Liberty nocturno. Empecé a caminar en dirección opuesta, con las manos en los bolsillos, con el mentón tocando del pecho para tener la nariz lo más cerca posible de la bufanda que me rodeaba el cuello. Aún así el frío era terrible. A cada nuevo aliento el vaho salía para recordarme, qué oportuno, que por ella había dejado de fumar. Esto si no venía otra ráfaga de viento, claro... entonces la Bora conseguía calar en mis huesos, y quitarme lo único que pensaba que ya no quedaba en mí; calor.
Un bonito día gris para colorearme otro día negro.
Bueno, paciencia, por suerte ya vas por los treinta tacos y no es la primera pareja que te deja. Sabrás cómo salir de ésta. De adolescente... eso sí que parecía el fin, como si la vida acabara a los dieciocho, y tu prole tuviera que emanciparse antes de que tú llegaras a los cuarenta. "Vaya, ¡pues no era así!" me podría decir sorprendido. Pero no, sorpresa ya hay pocas. ¿Qué frases nuevas ha utilizado ella respeto las anteriores? Ninguna. Que lo nuestro no tenía futuro, que prefería dejarlo ahora que podíamos seguir siendo amigos, bla bla bla,... no; la única novedad es que, esta vez, ella hablaba en italiano.
Una melodía nueva para decirme lo que ya sabía.
Bueno, paciencia, igualmente no hay mucho que me ligue aquí. Si me hubiera ido cuando aún estaba con ella habría echado de menos su cuerpo, pero ahora ya ni eso. Mira: el tranvía; ¿a quién coño lo importa una ciudad que parece anclada al siglo diecinueve? No sé qué le vi cuando llegué, quizás es que con mi colega la gente parecía abierta y todo. De echo si no la hubiera conocido a ella habría llegado a tener algunos amigos, había tíos majos. Pero bueno, mejor así, porque ni el curro que tengo no es gran cosa ni tengo nada que me pese para irme.
En Piazza della Libertà se oyen sirenas, la Bora las deja oír cada tanto. En un primer Momento estaba seguro que eran los bomberos, pero no; las he reconocido enseguida. ¿Quién estará trabajando a estas horas? Se está acercando la ambulancia, a ver si los reconozco. Aún no llega. ¿Será un accidente de tráfico o simplemente el viento ha hecho de las suyas? Pues mira, eran Sandro y Giuseppe, y el nuevo que me ha mirado pero no me conoce aún. Bueno, no sé si llegaré a presentarme, pienso ir a comunicar que me voy y, quien no esté, ya me escribirá por el caralibro. Aunque Giuseppe sí que me gustaría encontrarlo, con lo que me ha ayudado se merece una buena birra de despedida.
La Bora se para por unos momentos cuando bajo las escaleras de la plaza. Pasadizo largo. Lungo, lo llaman ellos, porque su largo sería nuestro ancho. Y al fondo ese pelma de mendigo. Los negros por lo menos son simpáticos, este es agresivo. Me lo quedaré mirando fijamente cuando pase, por agresivo yo cuando estoy de mala leche. El viejo de delante se está sacando algo del bolsillo antes de llegar a él; me lo ha distraído, no se fijará en mí. ¿Qué le está diciendo? No entiendo casi nada, seguro que es en dialecto... parando la oreja parece que dice algo como "la voyo dir que la debe eser piú tsentile, mí la dago na moneta..." La Bora no me deja escuchar más, mis ansias cotillas se quedan truncadas entre palabras que no entiendo y sonidos que no me llegan. Pero seguro que además de darle algo le habrá dicho que es un puto pesao.
Entrando dentro de la estación el viento se para otra vez. Han quitado los bancos, así los indigentes se ven forzados a ir a otro sitio más acogedor. Aunque caminando he entrado en calor, seguro que ya se me ven los mofletes rojizos otra vez. Me acerco a la gran pantalla de información. Me recuerda cuando cogí el tren de Mestre la primera vez. Esas luces amarillentas del panel electrónico son el color de algo nuevo. Son preludio de novedades. Me voy acercando hacia la máquina. Pero en medio del camino, por un instante, me quedo parado.
¿Por qué quería yo un billete si ya estoy en Trieste?
_____________________________________________
*Todo parecido con el mundo real sería pura coincidencia. Excepto los elementos físicos (viejo pelmazo incluído)
Bueno, paciencia, ya volverás a encontrar a alguien, me decía. Su silueta ya se había perdido, abducida entre Liberty nocturno. Empecé a caminar en dirección opuesta, con las manos en los bolsillos, con el mentón tocando del pecho para tener la nariz lo más cerca posible de la bufanda que me rodeaba el cuello. Aún así el frío era terrible. A cada nuevo aliento el vaho salía para recordarme, qué oportuno, que por ella había dejado de fumar. Esto si no venía otra ráfaga de viento, claro... entonces la Bora conseguía calar en mis huesos, y quitarme lo único que pensaba que ya no quedaba en mí; calor.
Un bonito día gris para colorearme otro día negro.
Bueno, paciencia, por suerte ya vas por los treinta tacos y no es la primera pareja que te deja. Sabrás cómo salir de ésta. De adolescente... eso sí que parecía el fin, como si la vida acabara a los dieciocho, y tu prole tuviera que emanciparse antes de que tú llegaras a los cuarenta. "Vaya, ¡pues no era así!" me podría decir sorprendido. Pero no, sorpresa ya hay pocas. ¿Qué frases nuevas ha utilizado ella respeto las anteriores? Ninguna. Que lo nuestro no tenía futuro, que prefería dejarlo ahora que podíamos seguir siendo amigos, bla bla bla,... no; la única novedad es que, esta vez, ella hablaba en italiano.
Una melodía nueva para decirme lo que ya sabía.
Bueno, paciencia, igualmente no hay mucho que me ligue aquí. Si me hubiera ido cuando aún estaba con ella habría echado de menos su cuerpo, pero ahora ya ni eso. Mira: el tranvía; ¿a quién coño lo importa una ciudad que parece anclada al siglo diecinueve? No sé qué le vi cuando llegué, quizás es que con mi colega la gente parecía abierta y todo. De echo si no la hubiera conocido a ella habría llegado a tener algunos amigos, había tíos majos. Pero bueno, mejor así, porque ni el curro que tengo no es gran cosa ni tengo nada que me pese para irme.
En Piazza della Libertà se oyen sirenas, la Bora las deja oír cada tanto. En un primer Momento estaba seguro que eran los bomberos, pero no; las he reconocido enseguida. ¿Quién estará trabajando a estas horas? Se está acercando la ambulancia, a ver si los reconozco. Aún no llega. ¿Será un accidente de tráfico o simplemente el viento ha hecho de las suyas? Pues mira, eran Sandro y Giuseppe, y el nuevo que me ha mirado pero no me conoce aún. Bueno, no sé si llegaré a presentarme, pienso ir a comunicar que me voy y, quien no esté, ya me escribirá por el caralibro. Aunque Giuseppe sí que me gustaría encontrarlo, con lo que me ha ayudado se merece una buena birra de despedida.
La Bora se para por unos momentos cuando bajo las escaleras de la plaza. Pasadizo largo. Lungo, lo llaman ellos, porque su largo sería nuestro ancho. Y al fondo ese pelma de mendigo. Los negros por lo menos son simpáticos, este es agresivo. Me lo quedaré mirando fijamente cuando pase, por agresivo yo cuando estoy de mala leche. El viejo de delante se está sacando algo del bolsillo antes de llegar a él; me lo ha distraído, no se fijará en mí. ¿Qué le está diciendo? No entiendo casi nada, seguro que es en dialecto... parando la oreja parece que dice algo como "la voyo dir que la debe eser piú tsentile, mí la dago na moneta..." La Bora no me deja escuchar más, mis ansias cotillas se quedan truncadas entre palabras que no entiendo y sonidos que no me llegan. Pero seguro que además de darle algo le habrá dicho que es un puto pesao.
Entrando dentro de la estación el viento se para otra vez. Han quitado los bancos, así los indigentes se ven forzados a ir a otro sitio más acogedor. Aunque caminando he entrado en calor, seguro que ya se me ven los mofletes rojizos otra vez. Me acerco a la gran pantalla de información. Me recuerda cuando cogí el tren de Mestre la primera vez. Esas luces amarillentas del panel electrónico son el color de algo nuevo. Son preludio de novedades. Me voy acercando hacia la máquina. Pero en medio del camino, por un instante, me quedo parado.
¿Por qué quería yo un billete si ya estoy en Trieste?
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*Todo parecido con el mundo real sería pura coincidencia. Excepto los elementos físicos (viejo pelmazo incluído)
viernes, 24 de febrero de 2012
Atardecer
Yo sólo flotaba en los mundos fantásticos que su voz me recreaba. Cuando acabó otro relato le expuse mi fascinación:- ¡Caramba! ¡Ya me gustaría a mí visitar todos los sitios donde usted ha estado!
El viejo duende sonrió. Aún sin bajar de allí se incorporó por un momento para acercar su cara a la mía, de forma que la suave luz de las luciérnagas me permitió ver el destello de sus ojos por primera vez. Confidente, me contestó susurrando pero seguro.
- ¿Me seguirás creyendo si te digo que nunca he bajado de esta seta? Pues ya lo creo, en mis setecientos años de vida no me he movido de aquí. Los incontables viajantes que, como tú, me habéis hecho compañía, me contáis lo justo y imprescindible para que mi imaginación pinte el resto.
Lo creía, no podía sino decir la verdad. Nadie miente en nuestro mundo.
- ¿Pero por qué nunca se ha ido? ¡Usted sabe donde se encuentran todas las maravillas del mundo!
- Estoy seguro de que mi seta es la más cómoda del mundo, ¡no quiero que un gólem despistado me la pise! - me decía riendo mientras se volvía a tumbar - y de todas formas tú mismo me has dicho que los colores de tu tierra te parecían aún más vivos cuando yo te los recordaba.
Miró de nuevo hacia las estrellas. Ahora que empezaba la noche bailaban un chotis al son del violín lunar, que tocaba a la perfección con un cometa de dos colas.
- Los gnomos aventureros sois unos afortunados porque exploráis más lejos de lo que cualquier otra criatura se atreve. Yo soy un afortunado porque, gracias a vosotros, disfrutaré más que nadie mis cortos milenios de existencia.
(imagen: El món d'en Minus de Joan Gómez)
jueves, 23 de febrero de 2012
En defensa de los libros
Maestro, permítame una reflexión. Hace ya unos años que nos dejó Sócrates, al que yo sólo conozco por lo que usted y los otros han dicho de él. Aún viven aquellos que lo han conocido y ya circulan versiones contradictorias sobre sus palabras. Sin ánimo de ofender, hasta sus escritos parecen entrar en contradicción en algunos detalles con lo que usted mismo me ha contado otras veces.
Esto me lleva a dos cuestiones: la primera, el cambio que sufre el conocimiento en poco tiempo, hasta aquél que podríamos considerar objetivo. Para mí es algo necesario, hace unos años no conocía muchas de las cosas que me han hecho cambiar de opinión, pero esto no quiere decir que no existieran; por lo tanto rectificar es siempre positivo, es más, si alguien me convence de que los cuatro grados del ser es algo que no tiene sentido, yo seré el primero en abandonar esta teoría.
La segunda, la perdurabilidad del conocimiento escrito. Yo mismo soy contrario a echar el ancla del conocimiento y amarrar lo que yo pienso para que los otros no lo lleven a la deriva, pero es un riesgo que quiero correr para que, más adelante, no se malinterprete lo que yo, desde mi modesto punto de vista, he dicho o dejado de decir. Estoy parcialmente de acuerdo con su maestro Sócrates, la escritura es un mal; pero un mal necesario.
Imagínese que dentro de dos mil años, por ejemplo, se siguiese citando lo que nosotros hemos dicho ahora. Sé que es algo inverosímil maestro, pero yo me alegraría de saber que, una vez superadas, nuestras palabras se olvidan o, en todo caso, no se tergiversan hasta el absurdo.
-----------------------------------------
"Aristóteles establecía cuatro grados en el ser (...) nos decían los viejos filósofos que es imposible pasar de un grado al otro (...) y yo no tengo claro que la teoría de la evolución demuestre estos pasos" (Juan Manuel de Prada, en el programa "La teoría de la evolución" de "Lágrimas en la lluvia", emitido el 23 de enero de 2012 en Intereconomía. Minuto 6:57)
Esto me lleva a dos cuestiones: la primera, el cambio que sufre el conocimiento en poco tiempo, hasta aquél que podríamos considerar objetivo. Para mí es algo necesario, hace unos años no conocía muchas de las cosas que me han hecho cambiar de opinión, pero esto no quiere decir que no existieran; por lo tanto rectificar es siempre positivo, es más, si alguien me convence de que los cuatro grados del ser es algo que no tiene sentido, yo seré el primero en abandonar esta teoría.
La segunda, la perdurabilidad del conocimiento escrito. Yo mismo soy contrario a echar el ancla del conocimiento y amarrar lo que yo pienso para que los otros no lo lleven a la deriva, pero es un riesgo que quiero correr para que, más adelante, no se malinterprete lo que yo, desde mi modesto punto de vista, he dicho o dejado de decir. Estoy parcialmente de acuerdo con su maestro Sócrates, la escritura es un mal; pero un mal necesario.
Imagínese que dentro de dos mil años, por ejemplo, se siguiese citando lo que nosotros hemos dicho ahora. Sé que es algo inverosímil maestro, pero yo me alegraría de saber que, una vez superadas, nuestras palabras se olvidan o, en todo caso, no se tergiversan hasta el absurdo.
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"Aristóteles establecía cuatro grados en el ser (...) nos decían los viejos filósofos que es imposible pasar de un grado al otro (...) y yo no tengo claro que la teoría de la evolución demuestre estos pasos" (Juan Manuel de Prada, en el programa "La teoría de la evolución" de "Lágrimas en la lluvia", emitido el 23 de enero de 2012 en Intereconomía. Minuto 6:57)
lunes, 13 de febrero de 2012
Maestra
- Maestra, gracias por sus sabias palabras. Puede estar segura de que sus discípulos nos encargaremos de que sus palabras sean recordadas. De usted se hablará por siglos, alabando su nombre por lo mucho que sabe.
- Mis palabras te las regalo sin condición, querido Sócrates, aunque lo único que sé es que no sé nada.
- Mis palabras te las regalo sin condición, querido Sócrates, aunque lo único que sé es que no sé nada.
sábado, 11 de febrero de 2012
Funcionaria
Llamó a la puerta cuando yo estaba durmiendo. Me levanté y me acerqué a preguntar quién era.
- Soy la Muerte. Ábreme, por favor.
Evidentemente no lo hice. Me giré para irme hacia la cama otra vez. Pero cuando llegué allí me vi tumbado, sin respirar. Aún pensé por un momento que todo era un sueño; es normal, uno no se muere todos los días y no está acostumbrado. Pero era todo demasiado real, así que al final desistí y abrí la puerta.
- Disculpe la espera...
- Nada hombre, que también es parte de mi trabajo. Y tutéame por favor, que las formalidades me sobran - se quitó la capucha negra del uniforme como para indicar que hasta este disfraz le sobraba -. Bueno, tenemos todo el tiempo del mundo, pero supongo que tendrás unas cuantas preguntas que hacerme. Mejor nos ponemos cómodos, ¿puedo pasar a hacer un café?
Y dos si hacía falta. Descubría la Muerte y era guapísima. Aunque en aquellos momentos aún estaba demasiado interesado en entender mi nuevo porvenir como para ligar con ella.
- ¿Así que existe el alma? Menudo chasco, toda mi vida siendo un materialista convencido...
- Sí bueno, de hecho es una de las opciones que tienes. Ya te iré contando, mi trabajo es quedarme aquí contigo hasta que decidas adonde ir. Es que desde hace unos años el mercado de las almas también se ha liberalizado, y a todos los nuevos se les envía un asesor para que decidan donde ir.
- ¿Así que Dios también es capitalista? ¡Joder!
Se me echó a reír a placer.
- ¡Venga ya! ¿Te crees que mi jefe es un barbudo con canas? - sonrió. Qué sonrisa que tiene, por favor - Los dioses son parte de la campaña publicitaria, pero en el fondo lo que hacen todos es convencer al cliente para que se quede y así cobrar la subvención. Tu tranquilo, que antes de firmar ningún contrato te los haré conocer todos al dedillo.
Me contó que antes los bautismos y demás ritos de iniciación eran vinculantes, y a cada uno se le mandaba a donde le tocaba. Mucha gente se quejaba, pero el negocio era a la vieja usanza y no había posibilidad de reclamar. Fue cuando empezaron a llegar abogados ateos al chiringuito cristiano que se lió la gorda, porque empezaron a recorrer por lo legal y ganaron la batalla.
- También hubo presiones por parte de los paraísos de épocas pasadas, que no podían competir porque sus civilizaciones habían desaparecido y no les llegaban almas nuevas. Antes el trabajo de asesor era más fácil, les contabas que por un error de forma se habían quedado fuera y en general no te preguntaban por otras opciones. Pero la verdad es que prefiero el sistema actual. Muy bueno el café, por cierto; ¿hacemos otro?
Pensé un par de segundos antes de contestarle.
- Has dicho que te tienes que quedar conmigo hasta que me decida, ¿verdad?
Sonrió otra vez. Sé que escogí la mejor opción.
- Soy la Muerte. Ábreme, por favor.
Evidentemente no lo hice. Me giré para irme hacia la cama otra vez. Pero cuando llegué allí me vi tumbado, sin respirar. Aún pensé por un momento que todo era un sueño; es normal, uno no se muere todos los días y no está acostumbrado. Pero era todo demasiado real, así que al final desistí y abrí la puerta.
- Disculpe la espera...
- Nada hombre, que también es parte de mi trabajo. Y tutéame por favor, que las formalidades me sobran - se quitó la capucha negra del uniforme como para indicar que hasta este disfraz le sobraba -. Bueno, tenemos todo el tiempo del mundo, pero supongo que tendrás unas cuantas preguntas que hacerme. Mejor nos ponemos cómodos, ¿puedo pasar a hacer un café?
Y dos si hacía falta. Descubría la Muerte y era guapísima. Aunque en aquellos momentos aún estaba demasiado interesado en entender mi nuevo porvenir como para ligar con ella.
- ¿Así que existe el alma? Menudo chasco, toda mi vida siendo un materialista convencido...
- Sí bueno, de hecho es una de las opciones que tienes. Ya te iré contando, mi trabajo es quedarme aquí contigo hasta que decidas adonde ir. Es que desde hace unos años el mercado de las almas también se ha liberalizado, y a todos los nuevos se les envía un asesor para que decidan donde ir.
- ¿Así que Dios también es capitalista? ¡Joder!
Se me echó a reír a placer.
- ¡Venga ya! ¿Te crees que mi jefe es un barbudo con canas? - sonrió. Qué sonrisa que tiene, por favor - Los dioses son parte de la campaña publicitaria, pero en el fondo lo que hacen todos es convencer al cliente para que se quede y así cobrar la subvención. Tu tranquilo, que antes de firmar ningún contrato te los haré conocer todos al dedillo.
Me contó que antes los bautismos y demás ritos de iniciación eran vinculantes, y a cada uno se le mandaba a donde le tocaba. Mucha gente se quejaba, pero el negocio era a la vieja usanza y no había posibilidad de reclamar. Fue cuando empezaron a llegar abogados ateos al chiringuito cristiano que se lió la gorda, porque empezaron a recorrer por lo legal y ganaron la batalla.
- También hubo presiones por parte de los paraísos de épocas pasadas, que no podían competir porque sus civilizaciones habían desaparecido y no les llegaban almas nuevas. Antes el trabajo de asesor era más fácil, les contabas que por un error de forma se habían quedado fuera y en general no te preguntaban por otras opciones. Pero la verdad es que prefiero el sistema actual. Muy bueno el café, por cierto; ¿hacemos otro?
Pensé un par de segundos antes de contestarle.
- Has dicho que te tienes que quedar conmigo hasta que me decida, ¿verdad?
Sonrió otra vez. Sé que escogí la mejor opción.
jueves, 2 de febrero de 2012
miércoles, 1 de febrero de 2012
Carta ajena
Faltaban cinco minutos para acabar el turno, por eso en un primer momento pensé en tirarla sin más.
La caligrafía era la de un niño o niña, de como mucho cinco años. Parecía que había escrito la dirección solo: "Ernan Peres, caie maior 37. Cartajena". Por sello llevava un dibujito que ni de lejos daría el pego. Pero mirando el dibujo lo pensé medio segundo de más. ¿Quién me vendría a pedir explicaciones? Venga, si fuera de mi nieto a mí me haría una ilusión bárbara.
La timbré manualmente y la devolví a la saca, ahora legitimada para seguir su viaje. Siempre me preguntaré qué palabras había dentro.
La caligrafía era la de un niño o niña, de como mucho cinco años. Parecía que había escrito la dirección solo: "Ernan Peres, caie maior 37. Cartajena". Por sello llevava un dibujito que ni de lejos daría el pego. Pero mirando el dibujo lo pensé medio segundo de más. ¿Quién me vendría a pedir explicaciones? Venga, si fuera de mi nieto a mí me haría una ilusión bárbara.
La timbré manualmente y la devolví a la saca, ahora legitimada para seguir su viaje. Siempre me preguntaré qué palabras había dentro.
domingo, 29 de enero de 2012
Día 3
...ar...
Autochequeo de reconocimiento: no, parece que ya no estoy soñando más. ¿He soñado? ¿Qué era? Ni idea ya. Bueno, pues sí, me acabo de despertar. Día tres.
Supongo, vaya. Me parece muchísimo más. ¡Joder! Siglos, hostia, parecen putos siglos. ¿Por qué estoy convencido de que es el tercero? No sé... el ciclo del sueño se me ha roto, pero me da que son hacia las cinco de la mañana. Día tres, pues.
Hambre... nada, a joderse. ¡Agua! Cabeza ladeando a la izquierda, unos treinta grados, cuello estirándose, labios chupando la roca... sí, hoy aún hay algo de agua. Bebe. Aprovechemos para hincharnos, parece que hoy ya no llueve. No sé cuando durará el filón líquido. Aprovechemos. Chupando con paciencia, el primer ruido que me llega hoy y es mío. Afuera silencioso. Mucho. Escalofrío subiendo de la lumbar hacia la nuca, calor en los ojos. Por cada gota que trago estoy perdiendo una lágrima. Puta fuente salada. El agua en circulación no se estanca, consuelo de pobres.
El aire tampoco se estanca, este alud fue demasiado amable. Ingeniero de tierra, ¿le importaría dejarme libre también la mano? Sí, me gusta, el nicho ha quedado precioso, tiene todas las comodidades que mi agonía puede desear. Pero ¿sabe? mientras aún esté vivo no estaría mal alguna distracción, no sé,... un poco de luz, poderme rascar,... ¡Ingeniero hijoputa! ¡Mejor hazme caer la jodida roca entre ceja y ceja y acabamos antes!
Si por lo menos les hubiera dicho a los del último pueblo que me iba a cruzar solo el valle... Si tuviera una mínima esperanza... Un fin solitario para una persona solitaria, qué bonito. Sin agua por lo menos aguantaré dos días más. A aquél lo sacaron de los escombros después de quince días. ¡Dios! ¡Que no vuelva a llover, sé que con la sed volvería a beber para alimentar la agonía!
Autochequeo de reconocimiento: no, parece que ya no estoy soñando más. ¿He soñado? ¿Qué era? Ni idea ya. Bueno, pues sí, me acabo de despertar. Día tres.
Supongo, vaya. Me parece muchísimo más. ¡Joder! Siglos, hostia, parecen putos siglos. ¿Por qué estoy convencido de que es el tercero? No sé... el ciclo del sueño se me ha roto, pero me da que son hacia las cinco de la mañana. Día tres, pues.
Hambre... nada, a joderse. ¡Agua! Cabeza ladeando a la izquierda, unos treinta grados, cuello estirándose, labios chupando la roca... sí, hoy aún hay algo de agua. Bebe. Aprovechemos para hincharnos, parece que hoy ya no llueve. No sé cuando durará el filón líquido. Aprovechemos. Chupando con paciencia, el primer ruido que me llega hoy y es mío. Afuera silencioso. Mucho. Escalofrío subiendo de la lumbar hacia la nuca, calor en los ojos. Por cada gota que trago estoy perdiendo una lágrima. Puta fuente salada. El agua en circulación no se estanca, consuelo de pobres.
El aire tampoco se estanca, este alud fue demasiado amable. Ingeniero de tierra, ¿le importaría dejarme libre también la mano? Sí, me gusta, el nicho ha quedado precioso, tiene todas las comodidades que mi agonía puede desear. Pero ¿sabe? mientras aún esté vivo no estaría mal alguna distracción, no sé,... un poco de luz, poderme rascar,... ¡Ingeniero hijoputa! ¡Mejor hazme caer la jodida roca entre ceja y ceja y acabamos antes!
Si por lo menos les hubiera dicho a los del último pueblo que me iba a cruzar solo el valle... Si tuviera una mínima esperanza... Un fin solitario para una persona solitaria, qué bonito. Sin agua por lo menos aguantaré dos días más. A aquél lo sacaron de los escombros después de quince días. ¡Dios! ¡Que no vuelva a llover, sé que con la sed volvería a beber para alimentar la agonía!
sábado, 14 de enero de 2012
Mario tenía seis años desde hacía ciento diez años. Era algo extraordinario, claro está, pero por suerte la ciencia de este mundo nuestro no dio importancia al fenómeno, pues en este caso el pobre se habría pasado la vida amargado entre estudios y experimentos.
De sus primeros años de vida poco hay que decir. Fue el tercer hijo de una pareja de campesinos, el primero de ellos nacido en el recién estrenado siglo XX. Por un tiempo aún pudo disfrutar del placer de hacer sufrir a sus cinco hermanos pequeños las mismas travesuras que los mayores le habían impuesto por su menor tamaño. El problema le vino cuando cumplió por tercera vez los seis años, y el primero de los que le seguía le empezó a vencer en las riñas. Fueron los cinco únicos chavales que pudieron hacer realidad la revancha que tantos otros han anhelado al gritar "¡espera a que crezca y verás!". Suerte que a esta edad aún no se guardan rencores, y cuando ellos pasaron a la adolescencia pasó también el suplicio de ser el perpetuo cabeza de turco por un tiempo.
Sus padres empezaron a hacerle más caso con el paso del tiempo. No es que no le quisieran antes, claro está, pero cuando las arrugas de sus caras les convencieron de que ya era hora de considerarlo uno de sus nietos su afecto hacia él se incrementó. Por aquellos entonces su hermano mayor, que por tradición se había hecho cargo de la casa, fue el que se encargó también de tomar el rol de padre. Hasta cuando este empezó a envejecer le habría pasado lo mismo, aunque esta vez lo mandó con otra hermana menor que se había instalado en el pueblo, y que por más que lo intentaba no conseguía concebir con su útero el hijo que tanto deseaba. Así pues, Mario nunca sufrió de verdad la pérdida de sus padres, porque su familia se iba turnando en su tutela con mucha naturalidad.
En el pueblo tuvo su primer contacto con la escuela, ya que hasta el momento siempre había participado en el aislado trabajo de campo. Como tantos otros chavales rurales no tuvo demasiados problemas en clase, donde el maestro sabía tener a su cargo la docena de críos de edades y experiencias diversas. Mario, con la plasticidad que caracteriza esta edad, no tuvo problemas en adaptarse al nuevo entorno. Aprendió a leer y escribir, pero por muy buenos que fueran los métodos de la Escuela Moderna que utilizaba el maestro no fue nunca capaz de entender los problemas más abstractos destinados a los de más edad. Su cerebro tenía los recuerdos de un adulto, pero nunca alcanzaría la madurez cognitiva. Su maestro, persona muy instruida y curiosa, había desarrollado una especial habilidad para que no se aburriera, explicándoles siempre historias de nuevos y viejos países, los últimos descubrimientos en ciencia o las especies animales y vegetales más exóticas. Se cuenta que este feliz pedagogo estaba a punto de publicar su gran teoría sobre el aprendizaje que hubiera hecho de Piaget un aficionado, pero como tantos otros maestros fue ejecutado a cañonazo limpio con la llegada de las tropas nacionales.
Después de la posguerra, que por suerte nunca más le pesó en su memoria, su núcleo familiar se trasladó a la ciudad. Para Mario la ciudad fue una experiencia enriquecedora, como todos los cambios de su vida. Pero esta vez no fue tan positiva la experiencia escolar, dado que la rigidez de los cursos separados por edad le obligaban a repetir curso año tras año, condenándolo a cambiar de compañeros cada año sin la flexibilidad natural que la escuela rural le daba. Aunque a veces se comentó que no se sabía adaptar a la vida de ciudad, yo estoy convencido de que el verdadero motivo de que siempre quisiera volver al campo era este y no otro. ¡Faltaría más! ¿Cómo pueden echar la culpa al crío de inadaptado cuando en realidad él tenía clarísimo lo que le prefería? Me parece increíble que a veces no se den cuenta de que los chavales no tienen un pelo de tontos.
En general había aprendido a aparentar ser un niño cualquiera y disfrutaba de lo más de su eterna infancia sin exhibir sus enormes conocimientos. Aún así, unos días antes de que aquél coche le hiciera pedazos me contó por horas sus batallitas, supongo que me tenía confianza. Era un observador de la historia único, se había adaptado a todos los cambios tecnológicos sin problemas pero le encantaba jugar con los desfases entre campo y ciudad. Me contaba por ejemplo que la aparición de los primeros walkmans le pilló en la urbe, y en la siguiente visita al pueblo se presentó con los auriculares puestos, diciendo que se había quedado sordo y le habían puesto unas orejeras especiales conectadas a un micrófono para que pudiera oír. De echo creo que un día de estos me pondré a recopilar sus historias, ya que no puedo oírlas por su boca buscaré allí donde las escampó.
Estoy de luto por su pérdida, está claro, pero sé que nos dejó sin sufrir nunca. La verdad, ya me gustaría a mí pegarme la vidorra que se ha pegado él. Un familiar mío también llegó a los ciento y pico, pero ya cuando yo era pequeño le veía lamentarse de los problemas de la edad. Creo que a partir de la adolescencia nos duele que todos los placeres sean efímeros, de ellos he aprendido a no esperar que nada sea eterno. Así que, ahora que cumpliré los cuarenta tacos he decidido buscar consuelo sólo en los polvos mágicos, sean genitales o intravenosos cuando los primeros falten. Qué suerte que no viviste nunca este proceso de adulteración, Mario...
De sus primeros años de vida poco hay que decir. Fue el tercer hijo de una pareja de campesinos, el primero de ellos nacido en el recién estrenado siglo XX. Por un tiempo aún pudo disfrutar del placer de hacer sufrir a sus cinco hermanos pequeños las mismas travesuras que los mayores le habían impuesto por su menor tamaño. El problema le vino cuando cumplió por tercera vez los seis años, y el primero de los que le seguía le empezó a vencer en las riñas. Fueron los cinco únicos chavales que pudieron hacer realidad la revancha que tantos otros han anhelado al gritar "¡espera a que crezca y verás!". Suerte que a esta edad aún no se guardan rencores, y cuando ellos pasaron a la adolescencia pasó también el suplicio de ser el perpetuo cabeza de turco por un tiempo.
Sus padres empezaron a hacerle más caso con el paso del tiempo. No es que no le quisieran antes, claro está, pero cuando las arrugas de sus caras les convencieron de que ya era hora de considerarlo uno de sus nietos su afecto hacia él se incrementó. Por aquellos entonces su hermano mayor, que por tradición se había hecho cargo de la casa, fue el que se encargó también de tomar el rol de padre. Hasta cuando este empezó a envejecer le habría pasado lo mismo, aunque esta vez lo mandó con otra hermana menor que se había instalado en el pueblo, y que por más que lo intentaba no conseguía concebir con su útero el hijo que tanto deseaba. Así pues, Mario nunca sufrió de verdad la pérdida de sus padres, porque su familia se iba turnando en su tutela con mucha naturalidad.
En el pueblo tuvo su primer contacto con la escuela, ya que hasta el momento siempre había participado en el aislado trabajo de campo. Como tantos otros chavales rurales no tuvo demasiados problemas en clase, donde el maestro sabía tener a su cargo la docena de críos de edades y experiencias diversas. Mario, con la plasticidad que caracteriza esta edad, no tuvo problemas en adaptarse al nuevo entorno. Aprendió a leer y escribir, pero por muy buenos que fueran los métodos de la Escuela Moderna que utilizaba el maestro no fue nunca capaz de entender los problemas más abstractos destinados a los de más edad. Su cerebro tenía los recuerdos de un adulto, pero nunca alcanzaría la madurez cognitiva. Su maestro, persona muy instruida y curiosa, había desarrollado una especial habilidad para que no se aburriera, explicándoles siempre historias de nuevos y viejos países, los últimos descubrimientos en ciencia o las especies animales y vegetales más exóticas. Se cuenta que este feliz pedagogo estaba a punto de publicar su gran teoría sobre el aprendizaje que hubiera hecho de Piaget un aficionado, pero como tantos otros maestros fue ejecutado a cañonazo limpio con la llegada de las tropas nacionales.
Después de la posguerra, que por suerte nunca más le pesó en su memoria, su núcleo familiar se trasladó a la ciudad. Para Mario la ciudad fue una experiencia enriquecedora, como todos los cambios de su vida. Pero esta vez no fue tan positiva la experiencia escolar, dado que la rigidez de los cursos separados por edad le obligaban a repetir curso año tras año, condenándolo a cambiar de compañeros cada año sin la flexibilidad natural que la escuela rural le daba. Aunque a veces se comentó que no se sabía adaptar a la vida de ciudad, yo estoy convencido de que el verdadero motivo de que siempre quisiera volver al campo era este y no otro. ¡Faltaría más! ¿Cómo pueden echar la culpa al crío de inadaptado cuando en realidad él tenía clarísimo lo que le prefería? Me parece increíble que a veces no se den cuenta de que los chavales no tienen un pelo de tontos.
En general había aprendido a aparentar ser un niño cualquiera y disfrutaba de lo más de su eterna infancia sin exhibir sus enormes conocimientos. Aún así, unos días antes de que aquél coche le hiciera pedazos me contó por horas sus batallitas, supongo que me tenía confianza. Era un observador de la historia único, se había adaptado a todos los cambios tecnológicos sin problemas pero le encantaba jugar con los desfases entre campo y ciudad. Me contaba por ejemplo que la aparición de los primeros walkmans le pilló en la urbe, y en la siguiente visita al pueblo se presentó con los auriculares puestos, diciendo que se había quedado sordo y le habían puesto unas orejeras especiales conectadas a un micrófono para que pudiera oír. De echo creo que un día de estos me pondré a recopilar sus historias, ya que no puedo oírlas por su boca buscaré allí donde las escampó.
Estoy de luto por su pérdida, está claro, pero sé que nos dejó sin sufrir nunca. La verdad, ya me gustaría a mí pegarme la vidorra que se ha pegado él. Un familiar mío también llegó a los ciento y pico, pero ya cuando yo era pequeño le veía lamentarse de los problemas de la edad. Creo que a partir de la adolescencia nos duele que todos los placeres sean efímeros, de ellos he aprendido a no esperar que nada sea eterno. Así que, ahora que cumpliré los cuarenta tacos he decidido buscar consuelo sólo en los polvos mágicos, sean genitales o intravenosos cuando los primeros falten. Qué suerte que no viviste nunca este proceso de adulteración, Mario...
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